Uno de estos mundos se revela ante nosotros. La figura femenina situada en el centro del espacio camina hacia un lugar conocido: sobre el telón cuelgan ollas, tazas y se apilan platos en lo que reconocemos como una cocina. Emergen las fachadas coloridas del Barrio Yungay, casas que se reconocen como la cara de un amigo a metros de distancia.
Las ventanas y el cielo se despliegan en continuidad y multiples capas sobre la tela. La artista, Valeria Merino « Evoka », maneja con oficio el acrílico aguado, permitiéndole aquella transparencia luminosa con la que superpone estas escenas. En “infinito propio”, la artista y vecina vinculada a la vida e historia del barrio, reflexiona con sensibilidad sobre el quehacer del artista y en la relación que se establece entre observador y objeto.
Aquí la obra de arte no es percibida únicamente como una pintura o una escultura, sino como un campo de energía, un lugar que demanda la atención y los sentidos del espectador. Merino invita a observar detenidamente los detalles de una escena de la vida en donde el espectador pueda encontrar similitudes y diferencias con su propia experiencia. Dadas las características espaciales de esta muestra en una vitrina, la artista se permite crear un espacio místico, a la vez universal e íntimo, donde la ejecución del gesto artístico es a su vez privado y público.
Existe una continuidad entre imaginación y realidad encarnada en la escultura central de la composición presentada en Galería Hifas: la figura representa a una mujer de la mano con una figura más pequeña, dirigiéndose con su cuerpo hacia el fondo, pero volteando su rostro hacia nosotros. Un gesto simple que establece una conexión entre el mundo imaginado hacia el cual camina y la vereda desde dónde observamos la escena.
¿Quién es esa figura central ? En su andar nos recuerda a la ninfa con la que se obsesionaron los poetas surrealistas a principios del siglo XX, figura femenina que encarnaba el movimiento libre de la imaginación: la llamaron Gradiva del latín “la que avanza”. Pero la caminante de Valeria Merino se voltea a mirarnos, y se acompaña de una pequeña versión de sí misma, aún en ciernes. Esta presencia nos hace reconfigurar el sentido del mito. En esta escena, la dualidad de la figura simboliza a una musa que se hace cargo de su propia encarnación, lleva a cuestas su pasado, una representación más cruda y borrosa de quien es realmente ella y de quienes somos también nosotros, al observarnos en ella.
Gradiva es para los surrealistas la que “hermosamente avanza”, sin embargo, aquí la figura no sólo avanza, sino que se da vuelta a mirarnos, a esperarnos, nos invita a avanzar con ella para que las relaciones dentro y fuera se vuelvan más horizontales.
Macarena Bravo Cox