Cecilia Heredia

Como fotógrafa, me sitúo en la grieta que separa la imagen como consumo de la imagen
como rastro. En un mundo que Susan Sontag ya preveía como una avalancha inagotable
de capturas, donde la acumulación ha reemplazado a la mirada, mi práctica propone una
pausa radical. Mi trabajo no busca sumar ruido al inventario infinito de lo visible, sino
realizar una “arqueología de lo cotidiano”.
Para mí, la fotografía es un organismo vivo y mutable. No utilizo la cámara para poseer la
realidad, sino para deconstruirla. Si la cultura contemporánea nos empuja a una observación
anémica y veloz, mi proceso —desde el grano de la película análoga hasta la estructura del
diseño digital— es un ejercicio de observación lenta. Rescato fragmentos, objetos
mínimos y restos urbanos para revelar las capas de significado que la “voracidad
fotográfica” moderna suele ignorar.
Entiendo la tecnología no como un motor de producción masiva, sino como una
herramienta de disección. En series como Proyecto Hallazgos, busco que la imagen deje de
ser un simple registro para convertirse en un objeto de valor antropológico. Mi obra es, en
última instancia, un intento de devolverle al acto de ver su peso político y poético: un
puente entre el rigor técnico y la libertad de convertir lo efímero en memoria táctil.

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